miércoles, 21 de diciembre de 2011

Cada vez que vuelves...

Hoy, un día cualquiera, desperté, pero no abrí los ojos. En ese mar oscuro apareciste con tus ojos grandes y hermosos y tu sonrisa infinitamente reparadora. Apareciste como una tormenta estelar y bombardeaste mis pupilas que, ocultas tras los párpados, empezaron a inundarse.

Cada cierto tiempo me asalta tu imagen. De pronto en el carro: la cabeza recostada sobre el vidrio, la música suave, los ojos en el artístico horizonte. De pronto en la céntrica Lima: caminos olvidados, edificios que acechan  el paso de los transeúntes, nombres de calles que se confabulan en contra del paso del tiempo.

Intento abrir los ojos. Y no quiero. Tu frente grande, señal de astucia e inteligencia, remata ese rostro tierno y augusto que suele aún hoy mirarme con amor algunas veces; con dureza, otras tantas. Te sonrío, pero lloro. No puedo y nunca podré separar este sentimiento de mi alma. Un sentimiento tan ambiguo como mi propia personalidad. Un sentimiento que, a pesar de los años transcurridos, aún me asalta súbitamente y hace de mi rostro un cielo invernado.

Vuelvo de vez en cuando hasta donde caminamos tantas veces, donde tú y yo miramos tantas cosas que aún nos recuerdan, pero que ni tú ni yo podemos ya recordar. Y tú no recuerdas porque ya no estás y las memorias se van con quienes deciden no estar más (o a quienes los obligan a irse), y yo no recuerdo porque la selectiva memoria que me tocó me libera de la dependencia del pasado, muy a mi pesar a veces.

Te me acercas y mis ojos aún cerrados te ven. Me abrazas y me dices que me quieres, que siempre me has querido. que siempre me querrás. Me abrazas y te abrazo como nunca lo hicimos y como siempre quisimos. Siento tus brazos y tu pecho. Son mis brazos y mi pecho ahora. Y tus ojos serán mis ojos, Y tu tez será la mía. Y tu sonrisa, no, esa no será mía, esa siempre será tuya, siempre será tu sonrisa, esa tu sonrisa que supo querer, que aprendió a vivir.

Los libros que tanto quisiste leer ya no están, pero en su lugar hay otros tantos, tanto y más buenos que los que atesorabas. Los adquiero por muchas razones: porque soy tú, porque así lo quisiste, porque fuiste inteligente, y lo sigues siendo seguramente, porque me encantan las historias, porque me recuerdan a ti y porque soy malditamente maníaco.

Retiro tu rostro y lo veo, paciente. Mis ojos todavía cerrados se han acostumbrado a estas alturas a la oscuridad. Como todo yo. El ambiente apacible me adormece. Tus ojos sensibles al llanto se han humedecido. Te quiero, cierra los ojos y verás que despiertas, te digo. Ciérralos, porque cuando los cierres tú, solo entonces, podré abrirlos yo.


Gracias papá. Te amo.

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