viernes, 27 de febrero de 2015

Día 55: Piraustas


Febrero llegaba en estado líquido. 

Bajamos del autobús y la lluvia nos golpeó el rostro con rencor de naturaleza vengativa, aunque a nosotros nos supo a los últimos minutos de Midnight in Paris. Era nuestra primera caminata en una noche lluviosa y sonreíamos; improvisamos un paraguas con un folio negro, mientras yo pensaba que las mejores cosas de la vida son acuosas: esa noche y su repentina no-garúa, sus pupilas húmedas, el llanto del día siguiente. Porque después del llanto que sabe a miedo y a rabia, y a impotencia y a ganas de no estar/ser más, siempre hay razones para sonreír.

Caminamos hasta Diagonal y tomamos otro autobús hasta Benavides. Íbamos recordando las primeras veces que nos vimos. Yo le contaba que aquellos días estuvieron llenos de felicidad absoluta, de miedos instantáneos, de piraustas revoloteando en el corazón. Fueron tantas emociones que la taquicardia dejó de ser una palabra recurrente suya para convertirse en el resultado de nuestros encuentros. Lo que no dije fue que ella me seguía causando la misma sensación de esos días. Su sonrisa de infarto inmediato sigue aún hoy jugando con mi pulso, sus pupilas eternas me alucinan un náufrago irremediable y yo sigo nadando a su orilla, sus mejillas que no conocen más colores que el rojo me regalan los mejores atardeceres sin sol.

Después de media hora, llegamos a Benavides y sus semáforos que nunca se deciden. Me detuvo, arguyendo las reglas de luces de tránsito, y yo reí; siempre fui yo quien lo hacía y ahora era ella quien me daba clases de normas ciudadanas. Te salvé la vida, dijo. Te debo veinte céntimos, agregué. Nos reímos, como siempre, de todo, porque nos reímos de todo: de las bobadas que decimos para entretenernos, de un escritor de literatura rosa, de mí (aunque ella diría que es conmigo, pero creo que es de mí, o, en el mejor de los casos, de mí conmigo.  No importa, con tal de que sea feliz un segundo, puedo ser un comediante improvisado graduado en la Plaza San Martín), de la lluvia, de las cosas que suceden mientras nos besamos desesperados, de cualquier cosa que nos permita retener fotogramas en donde siempre salimos sonriendo.

Atrás quedaba la entrada de una universidad privada. Un día antes nos habíamos sentado afuera; comíamos chocolates y me escribió la dedicatoria en un libro que atesoro (variante de una palabra suya) con el corazón, porque en él se confabulan nuestros días juntos, las promesas que no son promesas (porque nunca prometemos nada. Cualquier cosa que decimos es un hecho a futuro, no nos preocupamos en la obligatoriedad del porvenir causada por un juramento que podría diluirse con la lluvia que nos acecha, porque nos sabemos un uno indivisible con características duales), las páginas que leo cuando voy en el autobús, el autor que lleva el nombre de mi padre y por eso, y por su genio creativo, consumo adictamente (con las disculpas de Cortázar). Leí la dedicatoria y le leí también el destino junto a mí, sentados, leyendo, viejos, arrugados, con las sonrisas que no se gastan, sabiendo que nuestro mundo sí funciona, porque somos un todo de amor, realidad, ficción…

Me cuenta que me dibujó en un test psicotécnico, con mis cabellos raros y mis zapatillas de siempre, con mis ojos que le encantan (dice) y mi sonrisa de infarto inmediato (el ego me hace escribirlo). Y yo la estoy amando, como la amo en cada cosa que me cuenta y en cada cosa que ella es.

La espera se prolongó un poco —como siempre, nuestras despedidas duran tanto como los aplausos a un tenor español; ninguno quiere dejar el nido (palabra que acabo de recordar de una tarjeta que me hizo hace muy poco)—. Nos abrazamos tanto y tan fuerte, como intentando dejar las manos marcadas en nuestras espaldas, como si con eso evitáramos que la lluvia nos apagara las mariposas ígneas que creamos en nuestros adioses eternos. Nuestras piraustas no saben volar lejos, no quieren, solo nos incendian los pechos y se largan un rato a encender las estrellas para nosotros.

Subió al carro que la llevaría a casa. Espero que parta, doy media vuelta, y camino con dirección norte (sur en su caso, en su traducción de direcciones erradas, de la que me río con ella), mientras abro la mano y dejo volar la última pirausta del día: se eleva y planea hasta el carro en donde acaba de partir y le susurra algo que solamente ella sabe.

viernes, 22 de agosto de 2014

Males necesarios


Leer, escribir, respirar, tú.

Tirarme en algún mueble cómodo (no tanto como para que el sueño me domine), con un libro de verdad (no de esos con las letras virtuales) y echarme a llorar como un niño, con las lágrimas sinceras, con los brazos dispuestos a recibir cualquier historia.

Sentarme en el marco de la ventana, con las piernas encogidas, con la portátil en el regazo, teclear un par de palabras absurdas: “Leer, escribir, …”, con la calle abajo mirándome con ganas de recibir mi cabeza y mis manos y mi portátil para hacernos uno con su asfalto y sus gentes que son una sola persona multiplicada hasta el cansancio.

Meter aire en los pulmones, hasta que el oxígeno se anime a no irse y el carbono decida salir, hasta que la acción de aspirar-espirar se ajuste a mi voluntad, y pueda hacer que se detenga en el segundo exacto cuando mi deseo de no estar llegue al clímax.

Caminar tomado de tu mano y besar tus párpados, porque con tus manos aprendo que caminar es amarte avanzando hacia allá, o hacia acá, o hacia algún lugar que quede lejos, pues es lo único que importa, que esté lejos, para caminar más, y no por el hecho de caminar, sino por el hecho de hacerlo tomado de tu mano… Uff… porque con tus párpados aprendo que la belleza no es permanente, cuando me ocultas tus ojos cada cierto segundo, cuando tus párpados se juntan y me veo solo por una milésima de tiempo, porque no puedo hacer que veas el amor que tengo en los labios para ti, porque eres cuando tienes los ojos en mí y dejas de ser cuando sientes el rojo oscuro pegado a las pupilas.

Leer, escribir, respirar, tú: males necesarios.
Escribir, respirar, tú: males necesarios.
Respirar, tú: males necesarios.
Tú: la mejor forma de que nadie note que hablo de mí.



Enero, 2014


[Imagen editada de la web]

viernes, 15 de agosto de 2014

El plan perfecto


Hoy, después de muchos días, te volveré a ver, Sophia. No sé si me recordarás, si vendrán a atacarte, como a mí, todos esos momentos que hemos vivido sin vivirlos: la vez que planeé hablarte y un tipo se sentó donde tú debías hacerlo (¡cuán triste te has de haber sentido!); y aquella vez en que te confesé que te amo y tú fingiste que no me escuchaste por llevar los audífonos puestos (te seguí el juego, tontita); y la otra en que me envalentoné y me acerqué a ti dispuesto a escupirlo todo, y de la nada un sujeto se acercó y te besó (pero sé que lo hiciste para que yo me muriera por los celos, y lo lograste, aunque pobre muchacho, lo siento por él). 

He estado en plan error - error - error; un plan bastante circular, por cierto. Pero eso se acabó: hoy no habrán más planes, y es lo mejor. 

En alguna ocasión escribí sobre lo poderoso que soy (o que me siento) por tener la vida que se me viene en gana, pues puedo ser un Samsa, un Funes, un Homero, un Buendía, un Oliveira. Y hoy, gracias a mi omnipotencia, amaré a una mujer, la que se me venga en gana, pero no quiero a Penélope, o María, ni a la Maga. Te quiero a ti, Sophia. Por eso, desde hoy, serás de papel y tinta, y seré yo quien te escriba. 


Noviembre, 2013 


[Imagen editada de la web]

El plan (im)perfecto [3]


Después de dos intentos fallidos de hablarle y enterarla de cuán loco me vuelven su voz aniñada, sus bucles, sus níveos dedos, sus labios escarlata... por fin, me envalentoné y decidí acercarme a abordarla directamente, sin más. Esta vez no había ningún alumno de Ciencias cerca, ni llevaba los audífonos ocultos entres los cabellos. La distancia cruel se fue acortando centímetro a centímetro, y ella, grácil, leía echada sobre el césped. Fantasía, de 84, que por estos días me tiene acojonado, me acompañaba en la larga travesía. Las manos me temblaban, las piernas querían que saliera huyendo (como tantas otras veces). Boté airé, tratando de que la velocidad de mis latidos decreciera. Dios estuvo en mis labios durante el segundo que exhalé, luego, como siempre, se hizo uno con el viento. Seguía echada, leyendo; el mundo no se atrevía a interrumpirla. Con los metros consumiéndose bajo mis pies, uno a uno mis más grandes temores de niñez fueron envolviéndome en una reminiscencia maldita; pero no era tiempo para ser cobarde: la mujer más hermosa del mundo estaba allí, a mis pies, literalmente. Cinco metros. Cuatro metros. Tres metros. Dos... 

No pasó nada extraordinario que me hiciera perder la ocasión de poder confesarle los desvelos a causa suya. 

Como si siempre hubiera sabido que me hacía sentir como un adolescente, levantó la mirada, se puso en pie, y me sonrió. Mi corazón, para entonces descontrolado, se detuvo. Pasaron uno, dos, tres mil segundo. Mis labios se activaron prestos a devolver la mueca de magia... Y alguien pasó por mi lado, la tomó por la cintura y se estamparon un beso más apasionado que el de Rick e Ilsa en Casablanca


Octubre, 2013



jueves, 14 de agosto de 2014

El plan (im)perfecto [2]


La vi entrar en la biblioteca, la seguí a distancia discreta. Esta vez no había un plan trazado, tendría que improvisar en la marcha. Ingresé; ella ya estaba subiendo las escaleras con dirección al tercer piso, a nuestro tercer piso; me vio desde arriba, sonrió, creo, o fui yo quien sonrió, no, fue ella, o yo... qué más da. Corrí escaleras arriba. Entré a la sala del tercer nivel. Caminé para no parecer desesperado. Los estantes llenos de libros de Literatura formaban un laberinto, pequeño pero intrincado: ella podría estar en cualquier compartimiento. Respiré hondo y me propuse buscarla. Recorrí todo el tercer piso, y nada. Caray, esta condenada se me habrá escapado por la puerta de emergencia... Y la vi a cierta distancia: los bucles que se mecían en cámara lenta, como en comercial de champú, el jersey rojo, holgado, los zapatos marrones y altos... Dios, dije (a pesar de mi conocida no creencia), respiré hondo, me acerqué. Me paré a su lado y sin verla, viendo solo los libros que tenía enfrente.

–Mira, ya ha pasado bastante tiempo desde que te vi por primera vez y quería hablarte, y ya lo estoy haciendo... ehhh... y sí, piensa que estoy loco y sal corriendo de aquí, o llama al de seguridad y dile que soy de la UPC para que me bote a patadas, ya nada importa... lo único que importa es que me estoy volviendo loco por ti, sí, loco, lo único que importa es que te amo... sí, ya lo dije, ya está... te am...

–Señorita, disculpe, se le ha caído el carné– dijo un asistente de la biblioteca.

–¿Perdón?– preguntó ella sacándose los audífonos que estaban ocultos entre los cabellos.


Octubre, 2013


[Imagen editada de la web]

El plan (im)perfecto [1]


Sí. El plan estaba trazado. Mi amigo, un poeta hondureño, me instó a sorprenderla. Y qué mejor que hacerlo con lo más simple y lo único que sé (creo que sé) hacer: escribir. La había visto en el tercer piso de la biblioteca durante algunos días, a la misma hora. Ya era tiempo. Me senté donde siempre, cerca de las computadoras de consulta. La silla de enfrente estaba vacía, como tantas veces. Esperaría que ella llegue, se sienta en aquella silla, distraída, grácil; yo no la miraría; ambos sabríamos que nos estábamos pensando. Ella abriría la mochila, sacaría un libro y, concentrada, se desentendería del mundo (al menos fingiría hacerlo). Entonces, yo sacaría una hoja y escribiría "Hola", y se la daría sin decir palabra, mirándola a los ojos. Ella se extrañaría, leería el minúsculo mensaje y respondería "Hola". Y yo en las nubes, sonreiría como idiota, y ella se reiría de mi sonrisa. Y entonces, yo levantaría las cejas coquetamente y ella seguiría riendo y yo seguiría volando y ella seguiría riendo y yo seguiría riendo y ella segui... 

Un tipo de Ciencias se sentó en la silla de enfrente.


Septiembre, 2013


[Imagen editada de la web]

lunes, 11 de agosto de 2014

De vuelta a los orígenes

Buen día, lectores:

No sé cuántas personas se pasarán por este espacio. Muy pocos, es seguro. Pero a quienes lean esto quiere decirles que volveré a publicar por este medio, que fue donde me inicié (al menos me animé a hacer públicos algunos textos) hace un par de años.

En primera instancia, borré los fragmentos de una historia que estaba en proceso y que tenía el infame título de Historia rosada con final azul. Aquella historia la comencé a escribir hace un par de años. La escribí durante las noches en que una mujer me robaba el sueño (y los sueños), pero esa mujer se fue, al igual que el fin de aquella ficción. No puedo darle un final porque en realidad la escritura fue bastante improvisada, y no tenía más que aquello que mostré. En todo caso, fue mi borrador personal, el cual deseché sin miramientos un par de semanas atrás.

Ahora vuelvo con otros propósitos. Claro está que las entradas tratarán de ser continuas, pero quiero experimentar con nuevos estilos. Quiero sumergirme en una forma distinta de ver mi propia literatura. Espero no fracasar, que ya se me hizo rutina esto.

Pero para comenzar se publicarán cuatro pequeños textos. Todos son parte de una misma historia. Son cuatro relatos muy cortos que cuentan las dificultades de un tipo por conquistar a una chica, con un final bastante práctico pero ineficiente, como todo lo que le ha acontecido.. Para "no hacerla larga",se publicarán en dos días (mañana y tarde).

En fin, gracias a quienes se den el tiempo de leerme. Si les gusta el contenido, compártanlo.


Ricardo Lozano Fernandez

sábado, 31 de agosto de 2013

Σoφíα


Lima, 27 de agosto, 2003

Querida Sophia:

La desesperación ha tocado a mi puerta y mis letras, acostumbradas al orden estricto que les impongo, se desbaratan en una continua y sofocante dispersión. Debo advertirle que lo que leerá en las próximas líneas son las confesiones más desordenadas e improvisadas que nunca antes me hubiera atrevido a decirle a alguien, y estoy seguro de que, después de hoy, no lo haré nuevamente. Me disculpo por las mil y un faltas en las que incurriré, pero es que no tengo nada claro. Prometo, sí, intentar ser breve.

He comenzado esta carta con la familiaridad de quien conociéndole se dirige a usted con toda confianza. Debo disculparme por eso. A estas alturas se estará preguntado quién es este sujeto a quien no conoce y le escribe esta misiva. Pues, déjeme presentar. Como habrá visto en el reverso del sobre, antes de abrir la carta, mi nombre es Mario Lugano. Tengo 25 años, y estudio Periodismo en la misma universidad que usted, y asisto a las mismas clases a las que usted asiste.

Cada día, sentado en la parte posterior del aula de clases, la veo a usted llegar. La veo llegar con esa naturalidad de río, que en su azaroso recorrido busca la quietud de los manglares, con esa levedad de hoja de cerezo, que llegado el otoño se deja caer en un infinito descenso en busca del suelo irremediable. ¿Cómo es posible que criatura tan grácil toque el piso con sus pies de viento y no provoque la destrucción inminente de este mundo de mortales? ¿Cómo es posible que mi corazón, pequeño instrumento de medición pasional, no se me haya salido del pecho con tanto retumbar a causa de su sonrisa? ¿Cómo, de pronto, se ha metido usted en mi vida y ha descuadrado involuntariamente todos mis laberintos que había, con mucho esfuerzo, ordenado a través de los años?

Pero, no, no se sienta usted culpable de lo que acontece en mi alma. Entiendo que un personaje de aspiraciones imposibles como yo no tiene derecho alguno de acercar sus letras a vuestra fermosura. Le pido que perdone mi atrevimiento. Suelo ser discreto, no sé que está pasando conmigo, no se asuste ni se ponga a la defensiva: prometo no acercarme a usted e interrumpir sus días, a menos que su mirada quiera alumbrar mis letras y sus albas manos me sirvan de guía en esta desolada vida.

Le insto a seguir leyendo, querida Sophia. No, mejor, le ruego que siga leyendo, que no arroje antes de tiempo (si es que luego lo hace) estas hojas a la basura. Acabaré pronto para no aburrirla.

La amo. Y soy un cobarde por no poder decirle, mirándola a los ojos - esos ojos que son la causa de mis desvelos -, que la amo. Temo, mi querida Sophia, que al escuchar de mi boca esta confesión, sus ojos me nieguen el brillo que me haría entender que no soy un Ícaro-intentando-volar-cerca-del-sol. Es por ese infinito temor, que me dirijo a través de este medio y le ruego que me permita ser su amigo. Cuando la vea y la tenga frente a mí, le ofreceré mis eternos respetos y estaré a su disposición, mi querida Sophia. Le ruego que acceda a mi pedido por ser de carácter necesario e inmediato.

Me parece que he prolongado un tanto este escrito, y le agradezco si ha llegado hasta este punto. Queda tanto por escribir, pero el espacio me es adverso, y el amor, ese que se está apoderando de mis sentidos, no debe limitarse a ser escrito en un papel.

Con todo el cariño y respeto del mundo,

Mario Lugano


*La carta transcrita y la imagen que abre el texto son de autoría de Mario Lugano, un novel y prometedor periodista y escritor (autor del poemario Las cuatro Marías, única publicación suya de manera profesional) desaparecido el 28 de agosto del 2003. La carta data, como se ha visto al inicio de esta, de un día antes. Los mencionados documentos, junto a otros tantos (cartas, poemas inéditos y una novela de mediana extensión), se encuentran en la Biblioteca Nacional.

martes, 20 de agosto de 2013

Fotografías: pequeñas muestras hipócritas de felicidad

Teolith es fotógrafa. Ama, desde que tiene recuerdos, coger su cámara profesional, pegársela a la cara, adherírsela, como si buscara el alma del aparato, y husmear el mundo a través del lente. Hay fotografías que Teolith jamás toma. Teolith odia fotografiar personas. Somos una tira de malditos hipócritas, se le oye vociferar cuando alguien se atreve a preguntarle por qué no toma fotografías de gentes. Peor es cuando los invitados a algún evento, con el brazo estirado ofreciendo la cámara digital, le piden que los retrate. Ella solemnemente los mira con cierta pena y odio, ya deberían saber, con tantos chismosos que hay, piensa. Si les tomo la foto, tendré que matarlos, les dice, y se da la vuelta. Se va como una hoja al viento, ligera como solo ella puede ser.

Y así es Teolith: una descuadrada que se deja ser y jode a quien puede (en realidad, a quien quiere). Igual me voy a morir, dice, así que mejor jodo a todo el mundo; si cuando muera todos van a decir que era la mejor, que era de putamadre, y me llevarán flores y me llorarán; por que cuando mueres todos te quieren y eres la mejor , y se desternilla de risa la condenada. Así es Teolith, una jovencita con lentes de marco grueso, como los de Woody Allen. Soy una maldita hipster, dice, maldita, maldita hipster, y no hay quien le ponga límites a su risa que la tumba y la hace rodar por el césped, cuando está en algún parque o en el jardín de su casa; por la arena, cuando le da ganas de playa, …y de pronto se reincorpora, seria, ¡no! ¡jamás!, una puta antes que una hipster, una snob antes que una hipster, presidente antes que… no ni huevona, presidente no, prefiero ser puta antes que hipster y presidente, la política no va conmigo, yo soy honrada, carajo. Sus amigos, los pocos que tiene, que pueden ser contados con los dedos de una sola mano ya la conocen, y así la quieren. En el fondo ellos quisieran ser como Teolith, pero es que a esta muchacha todo le sale natural, nunca parece que estuviera fingiendo.

Lo que siempre llama la atención, desde que estaba en la escuela, es su nombre. En la escuela, las maestras, que eran religiosas, la llamaban por su segundo nombre, pero a ella nunca le gustó. Parecía que le temieran a ese nombre tan raro. Llámenme por mi primer nombre, caray, les decía. Las maestras nunca la llamaron por el primer nombre y nunca dieron razones claras del porqué. Ella escribía su nombre el cuaderno de mil maneras, pero nunca en el mobiliario, ni en las paredes, ni en las puertas de los baños, solo en su cuaderno. Le compraban muchos cuadernos, obvio, pues todos los llenaba con su nombre, nada de matemáticas, ni ciencias, solo su nombre. Pero nunca jaló ninguna materia. Es que le tienen miedo a mi nombre, pingüinos tontos, decía refiriéndose a las religiosas.

Cierto día, cuentan, Teolith estaba en el bus, enojada porque la gente estaba durmiendo, porque el conductor era amante de la música chicha (y era tan considerado que quería que los pasajeros escuchen a sus afinados intérpretes), y porque no traía consigo los audífonos. La gente apesta cuando duerme, ¿no se dan cuenta?, por eso yo no duermo en el carro, dice Teolith, porque aparte de apestar como un marrano, me canso más. Dormir en el carro cansa, concluyó. Dicen que, enojada por los malos olores que todos exhalaban y por la tremenda bulla que la radio emitía, se paró del asiento y fue caminando decidida donde el conductor. No sé cómo la gente puede dormir, además, con la tremenda bulla de este baboso, decía mientras se acercaba temerariamente. Oye, tú, huevón, ¿qué mierda crees? ¿que esto es una discoteca?. El conductor la miró con el terror que solo una niñez traumada puede adjudicarse. Teolith cogió, dicen, el parlante que estaba bajo el asiento próximo al del chofer y lo aventó por la ventana, rompiendo los vidrios. Todos estaban despiertos con los ojos de platos mirándola. El conductor no sabía qué hacer. Ella regresó a su asiento mientras algunos pasajeros (los que no habían estado durmiendo, creo yo) la aplaudían y el conductor enrojecido le miraba el trasero regordete por el espejo retrovisor.

***

Cuando Teolith tenía 7 años vio a sus padres discutir en la habitación superior. Era la discusión “más grande y fuerte” que había presenciado y jamás se le borraría de los recuerdos. Lo gracioso, se le oyó decir solo una vez  a Teolith quien no cuenta así porque sí su vida a cualquiera, en una reunión con los amigos, es que al rato bajaron y se tomaron una foto sonriendo, todo porque estaba la familia presente. Tremendos conchesumares, agregó, malditos hipócritas, por eso odio las fotografías, porque solo muestran segundos de falsa felicidad, de una felicidad que después de disparado el flash se va a la misma mierda. Así que si me piden que les tome una estúpida foto, los tendré que matar por hipócritas, por falsos, por banales, … Se le oyó eructar, y perdió el sentido. Las copas de pisco sour habían hecho efecto.

sábado, 22 de junio de 2013

Raciocinio vesánicamente lógico de la locura orática


“[…] y Serrat me decía, con todo respeto, que perdí la razón por completo. [...] y el gran Silvio decía, con ésa su pausa, 'ese nosocomio ya está resignado'. [...] y atado de brazos y un nuevo envoltorio el Ráez me decía: "tras unos sedantes y un vomitivo, serás mi vecino en el sanatorio". Es un proceso largo, ya ven, que a veces se vuelve indiagnosticable, en un horizonte de vidrio y quimeras. La locura está presa entre estas mis venas y en este amor irremediable, en esta locura que aún tú no sabes.” *

Estoy loco. Mi nombre es Alejandro González y estoy loco. Tengo 24 años, y estoy loco. Que cómo lo sé, pues fácil: me encanta vivir en este mundo de mierda. A muchos les gusta vivir aquí, pero a mí me encanta, me fascina toda la escoria de la que estoy rodeado y de la que formo parte, porque también soy un asco. Ah, además lo sé porque el médico me diagnosticó trastorno obsesivo-compulsivo: dice que suelo repetir ciertas conductas, no lo creo, el loco debe ser él. Por cierto, ¿ya mencioné que estoy loco?

No ando desnudo por las calles, no me hace falta; bueno, en realidad no ando desnudo porque estoy bastante venido a menos en cuanto a musculatura. No como caca, no me gusta, no me acostumbro a su sabor. No pido dinero como el loco de un centro comercial en Covida, que solo llega los viernes por la noche con su gorila de juguete y en Navidad pone su arbolito; es un loco con horario de trabajo que hasta cuenta en Facebook tiene, no es broma.

No hago el amor en la calle, aunque para eso no hay que estar loco, hay que estar arrecho; prefiero un lugar privado, el baño de un restaurante no es mala idea. Tampoco salgo con mi biberón gigante, ni les ofrezco una “chupadita” (del biberón, obvio) a los transeúntes, ni salgo despeinado (me peino hasta para ir a comprar el pan) como un cómico de antaño, increíblemente, aún vigente.

Estoy enamorado. Sí, ya lo había dicho. ¿Dónde? Donde dije que estaba loco, es lo mismo, ¿no? Estoy enamorado de una mujer; hay quienes se enamoran de hombres, no es mi caso, al menos no por ahora. Estar enamorado es como, es como,… es como gritar tu autosuficiencia ante los dioses griegos y que estos te sometan a una Odýsseia de 10 años (sorry, Ulises); pero así es estar enamorado: una consecución de eventos malhadados, en donde lo que guía tus pasos no son tus propias decisiones. Pero como nos encanta el sufrimiento, ahí estamos. Estoy enamorado, estoy loco, perdón por la redundancia.

Me encanta leer y escribir, y voy a vivir de escribir y leer (más de lo primero). Esto también ya lo había mencionado en las dos primeras palabras: estoy loco. Sí, caray, estoy loco. Me gustan los crucigramas y las chicas, la música y los libros (si van juntos mejor), la gente que lee y la que no lee (estos últimos sirven para elevar el ego, pruébenlo, a menos que un(a) chic@ te guste y no sepa diferenciar entre el amigo de Pedro Picapiedra y el poeta chileno autor de Estravagario, eso sí que es matapasiones).

Me encanta la lluvia y odio las fiestas. Los domingos duermo hasta el mediodía y me voy a la cama a la medianoche y no salgo a ningún lado (“mis domingos son sagrados”). Odio los inviernos y me gustan los inviernos (?). Me gusta irme a la mierda de vez en cuando, me gusta mandar a la mierda a algunas personas de vez en cuando. Soy un ingrato de lo peor, aunque no es porque yo quiera (mis padres nunca visitaron a nadie, tal vez por eso yo tampoco lo hago).

Escribo poesía que nadie lee. No me gusta publicar mis poemas, han sido muy criticados, así que mejor se quedan en el baúl de los recuerdos (disco D  de mi laptop). Tengo mala memoria, no recuerdo ni lo que escribo, cuántos poemas que escribí en papel han quedado en el olvido por no recordar dónde los dejo.

Reclamo por los toros que unos hijos de puta matan. Cuando pienso en esas escorias llamadas toreros, me pongo a pensar, también, en todos los desadaptados estadounidenses que entran a las escuelas a matar inocentes. En verdad, no hay diferencias, solo que en el primer caso, la gente lo disfruta y pagan para verlo. Que no digo siempre que somos unos cabrones. Reclamo por la Tierra que devastamos, cuando nos morimos no nos llevamos nada, ni el cajón es ya nuestro, pero seguimos jodiendo. Y por meterme a reclamar me llaman loco. Qué cojudos.

Y bueno, ya basta de tanta letra. Salgo en busca de la mejor forma de obtener inspiración: vivir. Me voy un rato a la mierda. Adiós. Ah, lo olvidaba, estoy loco y… todos se pueden ir a la mierda.


* Fragmento de Vesania, canción incluida en “Memorias desde Vesania” del gatuno cantautor mundano (tener en cuenta la primera acepción del DRAE) Daniel F. Gracias por la autorización respectiva. El título, por otro lado, también esta basado en las composiciones del mencionado autor.