lunes, 25 de julio de 2016

Si yo abriera la boca


Si yo abriera la boca para pronunciar tu nombre, desaparecerían los pájaros y los árboles, las noches de luna llena y el tañer de las olas. Y los días jueves a las tres de la tarde. Y quién sabe si también el color rojo de las cosas rojas (con esto último no se puede estar seguro, que el daltonismo estropea cualquier teoría sobre el arcoíris). Pero, ¡qué cruel sujeto sería si hiciera con mi voz desaparecer pájaros y árboles y noches de luna llena y el tañer de las olas. Y los jueves a las tres de la tarde! (Sin el color rojo se puede sobrevivir, que lo que sí es seguro es que las fresas seguirán siendo fresas).
Prefiero mirarte desde lejos atrapar los atardeceres con tu artificio de captura de instantes decisivos: mirar el mundo como lo haría Telemo, mientras desnudas mi destino impreciso, mis ganas de gritar tu nombre y con ello hacer desaparecer todo de cuanto están compuestas tus obsesiones. Quizás ni falta hace que escriba esto, porque tú conoces el punto débil de mi cuerpo de guerrero contemporáneo, mis deseos incisivos por la materia de la que estás hecha: plumas, raíces, locura y espuma. Me conoces y me amas desenfocado, sin filtros, sin esperar que llegue las tres de la tarde del jueves para guardarme en tu pecho en la misma posición como lo harías con el Impression, soleil levant.
Si yo abriera la boca... pero prefiero hacerme uno con tus plumas y raíces, con tu locura y con la espuma de tus olas. Con el tic-tac del instante preciso: tres de la tarde, calle de casas comunes, tú y yo, pájaros y árboles, pájaros y árboles. Y siempre el color rojo.
[Fotografía: Rosángela Alva]

sábado, 20 de febrero de 2016

odunsed

La noche cae sobre mí con tus piernas abiertas que me someten a la colisión inevitable de constelaciones que no existen más allá de este espacio —la primera, el padre de Mirtilo, en la que se destaca Capella; y la segunda, la madre de Eros, antiromántica, en contraste con su hijo—, que no saben más que seguir sus sinos imperturbables, su día a día nocturno que termina al final de tu espalda y comienza en mis ganas de saber que existes, que eres algo más que papel y lápiz.
Pero el inicio de esto, a pesar de ser eterno y circular (perdón por la redundancia), se le puede rastrear en una noche de septiembre, invierno, al pie de una ventana, piedra en mano, con las pocas fuerzas que le quedan a un sujeto que teme romper la luna (y no la Luna) en mil pedazos. Al otro lado, una mujer, a la que llamaremos Alpha, por no tener más datos al respecto, se alerta, corre las cortinas y va presurosa a abrir la puerta. El silencio se les pega a los pies y entran sigilosos a la habitación. No hay luz y él, de quien tampoco sabemos mucho, pero a quien llamaremos, por efectos prácticos, Omega, se topa contra todo. Ella lo piensa tiernamente tonto y sonríe. Se echan en la cama que invade la mitad del reducido cuarto y comienzan a conversar sobre el silencio y las estaciones del año, sobre las niñas de cinco años y las nueve letras que se necesitan para formar la felicidad.
Alpha comienza a soñar despierta y siente, entra la niebla que cubre el estado de su no vigilia, la necesidad de entregarse al hombre que ha sido capaz de encontrarle el final al universo. Omega termina por ser parte del sueño. Este coge las manos de aquella y las hace desaparecer. A lo lejos ladra un perro pero no hay tiempo ni espacio, ni ninguna otra dimensión física, para las fobias más comunes que suceden en Omega: cinofobia, ligirifobia, acrofobia, catoptrofobia (o aibofortpotac, que funciona mejor en su caso): miedos desmedidos que en lo más profundo de su alma tienen un único origen. Solo existe lugar para el grito insonoro en el preciso segundo en el que sucede la inevitable colisión de constelaciones, donde las manos y las piernas y los labios y los pechos desnudos dejan de ser proyecciones humanas y se convierten en puertas y ventanas. Oh, si pudieran ver lo que yo, si pudieran siquiera, ver la oscuridad que los rodea, escuchar al menos su imperativo silencio.
Todo sigue su curso cubista —donde las piezas encajan donde no deben—, pero es preferible saltarse lo que ya se sabe.
A la mañana siguiente, Alpha camina al baño restregándose los ojos, abre el grifo y siente el agua helada entre las manos. A la derecha hay unos cepillos de dientes y un jabón; al centro, un espejo; a la izquierda, un rollo de papel higiénico. Lleva las palmas llenas hacia la cara un par de veces. Siente cómo todo su ser se estremece como la noche anterior. Se le viene a la mente, sin saberlo, una canción rock que escuchaba en su alocada adolescencia. Levanta el rostro, abre los ojos y allí está Omega.
Septiembre, 2015
[Imagen: Nebulosa del Águila]

martes, 14 de julio de 2015

Desvaríos: formas de extrañarte



Cinco de la tarde y te ando extrañando como te extrañaba a las nueve de la mañana de hoy. El mismo modo: con el frío que apremia y un huracán en el corazón.

Tomo mi lápiz favorito (cualquiera) y escribo un par de palabras que me suenan a déjà vu: "Cinco de la tarde y te ando extrañando..." No me convencen, así que las desecho y escribo otra cosa:

Me siento a leer Inferno, de Brown. Entre sus páginas, como no puede ser de otro modo (por la obviedad del título), me encuentro con Dante, el poeta florentino. Recuerdo que tenía trece (número de miedo) cuando leí la Divina Comedia. Tenía poco más de siete (número de suerte) cuando caí en El Principito. Pienso en todos los libros que he leído (que deben ser diez, con temor de pasarme). Pienso en El gaucho insufrible. Fijo mi atención en el cuento que da nombre al libro, mientras escucho a lo lejos Como las piedras. Pienso en El sur, de Borges. La Argentina se me viene a la cabeza y con ella Cortázar. Cortázar. Dejo de pensar en libros. Afuera, la noche va cayendo y me pregunto si puede quedar boca arriba. Subo las escaleras al segundo piso para cerciorarme. Llueve. Cierro los ojos y veo hacia adentro: no hay Luna en esta noche prematura.

Arriba pienso en otras tantas cosas: a veces pienso que nadie entiende lo que escribo porque no se escribe para ser entendido, se escribe para entender al resto de animales que pueblan la ciudad con sus pasiones descontroladas y su dios que se llama Dios. Pero no puedo entender a nadie. Creo que debería dejar de escribir. Para siempre. Me siento tan solo acá arriba sin ti. Veo a lo lejos las luces de la Lima que tanto odio pero a la que jamás podré decir adiós del todo. Brillan y pienso si es posible que las estrellas se caigan.

Una gota de lluvia me cae en el corazón (ignoro cómo lo hizo). Dejo de escribir. El papel se ha mojado todo. El lápiz se desvanece como una nube de madera, con mi aliento de las seis de la tarde.

Leo lo que he escrito (lo poco que se puede entender: las letras chorreadas imposibilitan la vida) y me gusta la única línea legible:

"Me siento tan solo acá arriba sin ti... sin tu alma de paraguas".


[Imagen: Detalle de How I met your mother]

viernes, 27 de febrero de 2015

Día 55: Piraustas


Febrero llegaba en estado líquido. 

Bajamos del autobús y la lluvia nos golpeó el rostro con rencor de naturaleza vengativa, aunque a nosotros nos supo a los últimos minutos de Midnight in Paris. Era nuestra primera caminata en una noche lluviosa y sonreíamos; improvisamos un paraguas con un folio negro, mientras yo pensaba que las mejores cosas de la vida son acuosas: esa noche y su repentina no-garúa, sus pupilas húmedas, el llanto del día siguiente. Porque después del llanto que sabe a miedo y a rabia, y a impotencia y a ganas de no estar/ser más, siempre hay razones para sonreír.

Caminamos hasta Diagonal y tomamos otro autobús hasta Benavides. Íbamos recordando las primeras veces que nos vimos. Yo le contaba que aquellos días estuvieron llenos de felicidad absoluta, de miedos instantáneos, de piraustas revoloteando en el corazón. Fueron tantas emociones que la taquicardia dejó de ser una palabra recurrente suya para convertirse en el resultado de nuestros encuentros. Lo que no dije fue que ella me seguía causando la misma sensación de esos días. Su sonrisa de infarto inmediato sigue aún hoy jugando con mi pulso, sus pupilas eternas me alucinan un náufrago irremediable y yo sigo nadando a su orilla, sus mejillas que no conocen más colores que el rojo me regalan los mejores atardeceres sin sol.

Después de media hora, llegamos a Benavides y sus semáforos que nunca se deciden. Me detuvo, arguyendo las reglas de luces de tránsito, y yo reí; siempre fui yo quien lo hacía y ahora era ella quien me daba clases de normas ciudadanas. Te salvé la vida, dijo. Te debo veinte céntimos, agregué. Nos reímos, como siempre, de todo, porque nos reímos de todo: de las bobadas que decimos para entretenernos, de un escritor de literatura rosa, de mí (aunque ella diría que es conmigo, pero creo que es de mí, o, en el mejor de los casos, de mí conmigo.  No importa, con tal de que sea feliz un segundo, puedo ser un comediante improvisado graduado en la Plaza San Martín), de la lluvia, de las cosas que suceden mientras nos besamos desesperados, de cualquier cosa que nos permita retener fotogramas en donde siempre salimos sonriendo.

Atrás quedaba la entrada de una universidad privada. Un día antes nos habíamos sentado afuera; comíamos chocolates y me escribió la dedicatoria en un libro que atesoro (variante de una palabra suya) con el corazón, porque en él se confabulan nuestros días juntos, las promesas que no son promesas (porque nunca prometemos nada. Cualquier cosa que decimos es un hecho a futuro, no nos preocupamos en la obligatoriedad del porvenir causada por un juramento que podría diluirse con la lluvia que nos acecha, porque nos sabemos un uno indivisible con características duales), las páginas que leo cuando voy en el autobús, el autor que lleva el nombre de mi padre y por eso, y por su genio creativo, consumo adictamente (con las disculpas de Cortázar). Leí la dedicatoria y le leí también el destino junto a mí, sentados, leyendo, viejos, arrugados, con las sonrisas que no se gastan, sabiendo que nuestro mundo sí funciona, porque somos un todo de amor, realidad, ficción…

Me cuenta que me dibujó en un test psicotécnico, con mis cabellos raros y mis zapatillas de siempre, con mis ojos que le encantan (dice) y mi sonrisa de infarto inmediato (el ego me hace escribirlo). Y yo la estoy amando, como la amo en cada cosa que me cuenta y en cada cosa que ella es.

La espera se prolongó un poco —como siempre, nuestras despedidas duran tanto como los aplausos a un tenor español; ninguno quiere dejar el nido (palabra que acabo de recordar de una tarjeta que me hizo hace muy poco)—. Nos abrazamos tanto y tan fuerte, como intentando dejar las manos marcadas en nuestras espaldas, como si con eso evitáramos que la lluvia nos apagara las mariposas ígneas que creamos en nuestros adioses eternos. Nuestras piraustas no saben volar lejos, no quieren, solo nos incendian los pechos y se largan un rato a encender las estrellas para nosotros.

Subió al carro que la llevaría a casa. Espero que parta, doy media vuelta, y camino con dirección norte (sur en su caso, en su traducción de direcciones erradas, de la que me río con ella), mientras abro la mano y dejo volar la última pirausta del día: se eleva y planea hasta el carro en donde acaba de partir y le susurra algo que solamente ella sabe.

viernes, 22 de agosto de 2014

Males necesarios


Leer, escribir, respirar, tú.

Tirarme en algún mueble cómodo (no tanto como para que el sueño me domine), con un libro de verdad (no de esos con las letras virtuales) y echarme a llorar como un niño, con las lágrimas sinceras, con los brazos dispuestos a recibir cualquier historia.

Sentarme en el marco de la ventana, con las piernas encogidas, con la portátil en el regazo, teclear un par de palabras absurdas: “Leer, escribir, …”, con la calle abajo mirándome con ganas de recibir mi cabeza y mis manos y mi portátil para hacernos uno con su asfalto y sus gentes que son una sola persona multiplicada hasta el cansancio.

Meter aire en los pulmones, hasta que el oxígeno se anime a no irse y el carbono decida salir, hasta que la acción de aspirar-espirar se ajuste a mi voluntad, y pueda hacer que se detenga en el segundo exacto cuando mi deseo de no estar llegue al clímax.

Caminar tomado de tu mano y besar tus párpados, porque con tus manos aprendo que caminar es amarte avanzando hacia allá, o hacia acá, o hacia algún lugar que quede lejos, pues es lo único que importa, que esté lejos, para caminar más, y no por el hecho de caminar, sino por el hecho de hacerlo tomado de tu mano… Uff… porque con tus párpados aprendo que la belleza no es permanente, cuando me ocultas tus ojos cada cierto segundo, cuando tus párpados se juntan y me veo solo por una milésima de tiempo, porque no puedo hacer que veas el amor que tengo en los labios para ti, porque eres cuando tienes los ojos en mí y dejas de ser cuando sientes el rojo oscuro pegado a las pupilas.

Leer, escribir, respirar, tú: males necesarios.
Escribir, respirar, tú: males necesarios.
Respirar, tú: males necesarios.
Tú: la mejor forma de que nadie note que hablo de mí.



Enero, 2014


[Imagen editada de la web]

viernes, 15 de agosto de 2014

El plan perfecto


Hoy, después de muchos días, te volveré a ver, Sophia. No sé si me recordarás, si vendrán a atacarte, como a mí, todos esos momentos que hemos vivido sin vivirlos: la vez que planeé hablarte y un tipo se sentó donde tú debías hacerlo (¡cuán triste te has de haber sentido!); y aquella vez en que te confesé que te amo y tú fingiste que no me escuchaste por llevar los audífonos puestos (te seguí el juego, tontita); y la otra en que me envalentoné y me acerqué a ti dispuesto a escupirlo todo, y de la nada un sujeto se acercó y te besó (pero sé que lo hiciste para que yo me muriera por los celos, y lo lograste, aunque pobre muchacho, lo siento por él). 

He estado en plan error - error - error; un plan bastante circular, por cierto. Pero eso se acabó: hoy no habrán más planes, y es lo mejor. 

En alguna ocasión escribí sobre lo poderoso que soy (o que me siento) por tener la vida que se me viene en gana, pues puedo ser un Samsa, un Funes, un Homero, un Buendía, un Oliveira. Y hoy, gracias a mi omnipotencia, amaré a una mujer, la que se me venga en gana, pero no quiero a Penélope, o María, ni a la Maga. Te quiero a ti, Sophia. Por eso, desde hoy, serás de papel y tinta, y seré yo quien te escriba. 


Noviembre, 2013 


[Imagen editada de la web]

El plan (im)perfecto [3]


Después de dos intentos fallidos de hablarle y enterarla de cuán loco me vuelven su voz aniñada, sus bucles, sus níveos dedos, sus labios escarlata... por fin, me envalentoné y decidí acercarme a abordarla directamente, sin más. Esta vez no había ningún alumno de Ciencias cerca, ni llevaba los audífonos ocultos entres los cabellos. La distancia cruel se fue acortando centímetro a centímetro, y ella, grácil, leía echada sobre el césped. Fantasía, de 84, que por estos días me tiene acojonado, me acompañaba en la larga travesía. Las manos me temblaban, las piernas querían que saliera huyendo (como tantas otras veces). Boté airé, tratando de que la velocidad de mis latidos decreciera. Dios estuvo en mis labios durante el segundo que exhalé, luego, como siempre, se hizo uno con el viento. Seguía echada, leyendo; el mundo no se atrevía a interrumpirla. Con los metros consumiéndose bajo mis pies, uno a uno mis más grandes temores de niñez fueron envolviéndome en una reminiscencia maldita; pero no era tiempo para ser cobarde: la mujer más hermosa del mundo estaba allí, a mis pies, literalmente. Cinco metros. Cuatro metros. Tres metros. Dos... 

No pasó nada extraordinario que me hiciera perder la ocasión de poder confesarle los desvelos a causa suya. 

Como si siempre hubiera sabido que me hacía sentir como un adolescente, levantó la mirada, se puso en pie, y me sonrió. Mi corazón, para entonces descontrolado, se detuvo. Pasaron uno, dos, tres mil segundo. Mis labios se activaron prestos a devolver la mueca de magia... Y alguien pasó por mi lado, la tomó por la cintura y se estamparon un beso más apasionado que el de Rick e Ilsa en Casablanca


Octubre, 2013



jueves, 14 de agosto de 2014

El plan (im)perfecto [2]


La vi entrar en la biblioteca, la seguí a distancia discreta. Esta vez no había un plan trazado, tendría que improvisar en la marcha. Ingresé; ella ya estaba subiendo las escaleras con dirección al tercer piso, a nuestro tercer piso; me vio desde arriba, sonrió, creo, o fui yo quien sonrió, no, fue ella, o yo... qué más da. Corrí escaleras arriba. Entré a la sala del tercer nivel. Caminé para no parecer desesperado. Los estantes llenos de libros de Literatura formaban un laberinto, pequeño pero intrincado: ella podría estar en cualquier compartimiento. Respiré hondo y me propuse buscarla. Recorrí todo el tercer piso, y nada. Caray, esta condenada se me habrá escapado por la puerta de emergencia... Y la vi a cierta distancia: los bucles que se mecían en cámara lenta, como en comercial de champú, el jersey rojo, holgado, los zapatos marrones y altos... Dios, dije (a pesar de mi conocida no creencia), respiré hondo, me acerqué. Me paré a su lado y sin verla, viendo solo los libros que tenía enfrente.

–Mira, ya ha pasado bastante tiempo desde que te vi por primera vez y quería hablarte, y ya lo estoy haciendo... ehhh... y sí, piensa que estoy loco y sal corriendo de aquí, o llama al de seguridad y dile que soy de la UPC para que me bote a patadas, ya nada importa... lo único que importa es que me estoy volviendo loco por ti, sí, loco, lo único que importa es que te amo... sí, ya lo dije, ya está... te am...

–Señorita, disculpe, se le ha caído el carné– dijo un asistente de la biblioteca.

–¿Perdón?– preguntó ella sacándose los audífonos que estaban ocultos entre los cabellos.


Octubre, 2013


[Imagen editada de la web]

El plan (im)perfecto [1]


Sí. El plan estaba trazado. Mi amigo, un poeta hondureño, me instó a sorprenderla. Y qué mejor que hacerlo con lo más simple y lo único que sé (creo que sé) hacer: escribir. La había visto en el tercer piso de la biblioteca durante algunos días, a la misma hora. Ya era tiempo. Me senté donde siempre, cerca de las computadoras de consulta. La silla de enfrente estaba vacía, como tantas veces. Esperaría que ella llegue, se sienta en aquella silla, distraída, grácil; yo no la miraría; ambos sabríamos que nos estábamos pensando. Ella abriría la mochila, sacaría un libro y, concentrada, se desentendería del mundo (al menos fingiría hacerlo). Entonces, yo sacaría una hoja y escribiría "Hola", y se la daría sin decir palabra, mirándola a los ojos. Ella se extrañaría, leería el minúsculo mensaje y respondería "Hola". Y yo en las nubes, sonreiría como idiota, y ella se reiría de mi sonrisa. Y entonces, yo levantaría las cejas coquetamente y ella seguiría riendo y yo seguiría volando y ella seguiría riendo y yo seguiría riendo y ella segui... 

Un tipo de Ciencias se sentó en la silla de enfrente.


Septiembre, 2013


[Imagen editada de la web]

lunes, 11 de agosto de 2014

De vuelta a los orígenes

Buen día, lectores:

No sé cuántas personas se pasarán por este espacio. Muy pocos, es seguro. Pero a quienes lean esto quiere decirles que volveré a publicar por este medio, que fue donde me inicié (al menos me animé a hacer públicos algunos textos) hace un par de años.

En primera instancia, borré los fragmentos de una historia que estaba en proceso y que tenía el infame título de Historia rosada con final azul. Aquella historia la comencé a escribir hace un par de años. La escribí durante las noches en que una mujer me robaba el sueño (y los sueños), pero esa mujer se fue, al igual que el fin de aquella ficción. No puedo darle un final porque en realidad la escritura fue bastante improvisada, y no tenía más que aquello que mostré. En todo caso, fue mi borrador personal, el cual deseché sin miramientos un par de semanas atrás.

Ahora vuelvo con otros propósitos. Claro está que las entradas tratarán de ser continuas, pero quiero experimentar con nuevos estilos. Quiero sumergirme en una forma distinta de ver mi propia literatura. Espero no fracasar, que ya se me hizo rutina esto.

Pero para comenzar se publicarán cuatro pequeños textos. Todos son parte de una misma historia. Son cuatro relatos muy cortos que cuentan las dificultades de un tipo por conquistar a una chica, con un final bastante práctico pero ineficiente, como todo lo que le ha acontecido.. Para "no hacerla larga",se publicarán en dos días (mañana y tarde).

En fin, gracias a quienes se den el tiempo de leerme. Si les gusta el contenido, compártanlo.


Ricardo Lozano Fernandez